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Era noche cerrada y Yarel estaba echado en la cama, leyendo uno de los libros que se había comprado en una de sus escasas visitas a Krots. Fuera, el viento arreciaba y posiblemente acabara lloviendo a mares. “Maldita época de lluvias” rumió a pesar de que acabaran de empezar y se cambió de postura para aprovechar mejor la luz del inestable farol.
Un golpeteo contra la puerta cortó su amena, aunque repetida, lectura. Yarel alzó la vista extrañado. Sus padres nunca llamaban, simplemente entraban cuando les apetecía, que por suerte no era a menudo. Su hermana, que en ese momento no estaba en casa, cuando estaba iba más allá y prácticamente tiraba la puerta abajo, y si lo hacía era porque quería algo, normalmente mangonearlo. En cuanto al mayordomo, él si llamaba, pero lo hacía con desgana, casi con cinismo. De modo que Yarel se puso en pie con una cautela impuesta por la extrañeza y se acercó a la puerta sin pretender que sus pasos sonaran.
Al abrir, no se encontró a nadie al otro lado, por lo que enseguida se temió una broma pesada por parte de su hermana, que hubiera vuelto antes de tiempo. Pero un sobre en el suelo llamó su atención. Y su hermana no sabía usar sobres más que como armas arrojadizas. Se acuclilló sin terminar de confiarse y cogió el extraño obsequio de medianoche; como no le saltó a la cara o echó a arder, se atrevió a cerrar la puerta y regresar a la cama.
Dentro del sobre encontró una moneda de oro y una carta que lo dejó helado y lo hizo estremecer, pero que a continuación lo embargó con una histérica emoción. Era una invitación del Emperador, ¡nada menos que del Emperador!, para que fuera a Arcania a ser Guardián. ¡Lynnae lo había conseguido! ¡Había convencido al Emperador! A saber qué había tenido que hacer para… ¡Podía ser Guardián!
Pero entonces empezó a ver las pegas. Tenía una semana para llegar a Arcania. La distancia no era un problema, Lynnae había comentado que ella había llegado en dos días, muy intensos, eso sí. El problema era… Echó un vistazo hacia el suelo. El problema era tener que decírselo a sus padres. Ya podía escuchar sus desprecios, negativas y burlas. Y cuando su hermana se enterara… Resopló agobiado.
Por otro lado, si conseguía superar el mal trago, podría largarse de allí, bien lejos, tal vez para siempre. Pero si no lo lograba… tendría que escuchar sus sádicas burlas por toda la eternidad. Y pensar que había rogado a Lynnae que no llevara a cabo la venganza de Arin Rartopek…
Inspiró hondo, se armó de valor y salió de su cuarto antes de pensárselo mejor. Tenía el plazo de una semana, no había tiempo para titubeos. Encontró a su madre preparando una poción para las que Yarel no esperaba tener nivel suficiente ni en doscientos años, su padre le daba conversación sentado sobre un arcón. En cuanto lo vieron entrar, mudaron las expresiones de su rostro y le clavaron dos pares de ojos inquisitivos, uno de ellos con un brillo vidrioso muy incómodo.
-Ha llegado esto… para mí –explicó tendiéndoles la carta.
Su padre le arrancó el papel de la mano y leyó con desdén, porque a su hijo no podía llegarle nada interesante. Pero a medida que recorría las líneas y se convencía de que era verídico y de que iba en nombre del Emperador, un tic poco halagüeño apareció en los músculos que rodeaba su ojo de cristal.
-¿ Guardián de Arcania? –interrogó cortante.
Yarel no supo qué responder. Ahora era su madre la que leía la carta.
-¿Qué le dijiste a esa chica? –graznó ella.
-N-Nada… -balbuceó recordando cómo ella le había susurrado al oído si había pensado en ser guardián.
-¿Crees que el Emperador se dejaría influenciar por una criaja? –le espetó Balk.
Su madre le devolvió la carta y continuó removiendo la poción, que era su forma de decir que ella creía muchas cosas, la mayoría de ellas malas, pero que no decía nada porque se referían al Emperador. Su padre frunció el ceño y echó otro vistazo a la carta.
-Vete, ¿quieres? –le ordenó-. Tengo que hablar con tu madre.
Yarel asintió y se retiró, pero no se fue muy lejos, permaneció cercano a la puerta. Sus padres tardaron en hablar y, cuando lo hicieron, no sonó muy esperanzador.
-Podría ser una artimaña de esa pequeña bastarda –opinó su madre.
-Podría ser –corroboró su padre-. Pero no se me ocurre qué puede pretender.
-Alejarlo de nosotros.
-¿Para qué?
-Tal vez para sonsacarle información.
-Yarel no sabe nada.
-Esa cría tampoco –argumentó su madre.
Estuvieron un largo minuto en silencio.
-Sea como sea –suspiró su padre-, no permitiré que vaya. A saber qué lío arma ese inútil. Podría dejarse matar. O peor, secuestrar y que nosotros tuviéramos que rescatarlo. No, me niego.
A Yarel se le partió el alma con la contundente negativa, bajó la vista al suelo y los ojos se le humedecieron.
-Querido, no te olvides de que, a pesar de todo, es una invitación del Emperador. Y estoy segura de que Él no permitirá que pequeñas bastardas locas hagan lo que les plazca en su territorio.
Su padre emitió un sonido que indicaba que era un dato a tener en cuenta, pero que no lo sacaba de su decisión, y Yarel se alejó para ir a encerrarse en su cuarto y llorar.


Al día siguiente no le dijeron nada al respecto y Yarel no se atrevió a sacar el tema. Se dijo que sus padres tendrían que pensarlo y que lo mejor era no pedir una respuesta antes de tiempo. Se sentó en el porche de la casa de invitados, a observar la selva y, de vez en cuando, el gran árbol. “¿Has trepado alguna vez a él?”, le había preguntado Lynnae. No, por supuesto que no. Jamás había hecho nada que sus padres le prohibieran.
Suspiró y cerró los ojos. Muchas de las veces que lo hacía, acababa escuchando susurros que no venían de ninguna parte. Al principio lo habían inquietado y había procurado no escucharlos, sus padres decían prestar atención a la selva era lo que había vuelto a locos a los Rartopek. Pero, cuando se sentía tan solo y desamparado, aquellos susurros eran su única compañía.


Al anochecer regresó su hermana de su viaje a Krots, traía algunos ingredientes para las pociones de su madre, y noticias que contó durante la cena.
-¿Sabéis qué rumores corren en la ciudad sobre esa guardiana que estuvo en casa?
-Sorpréndenos –dijo su madre con desprecio.
-Por visto estuvo contado que en la selva se encontró con el Bhorram.
-¡¿Qué?! –graznó su padre.
La joven se encogió de hombros, aquello era lo que se contaba.
-Calma, querido –intervino su madre-. Esa cría mentía más que hablaba, como hija de mercaderes, lo lleva en la sangre.
-Si es que es cierto que sea hija de mercaderes –rumió él, cuyo ojo de cristal estaba sometido a múltiples parpadeos a causa de haber recordado quién le había quitado el original.
Yarel bajó la vista al plato. Lynnae le había jurado que no se había encontrado con el Bhorram, ¿le había mentido o eran falsos los rumores? Sea como fuere, empezaba a dudar de si quería salir del agobiante aunque seguro amparo de sus padres para ir a un lugar donde estaría aquella mentirosa compulsiva. Dudó aquello hasta que las críticas y la mala baba de su familia le hicieron desear salir e internarse en la selva hasta dejar de escucharlos.
-Pero había un rumor todavía más raro –anunció su hermana-. Parece que, hace unos días, por la fecha en la que esa loca estuvo aquí, un elfo llegó a Krots a través de un portal desde Doran.
-¿Un elfo? –repitió su madre escéptica.
-Un elfo, de los bosques. Armado para la batalla. Desapareció unos días en la selva y volvió para regresar a su ciudad.
-¿Qué pretendía ese luminoso? –preguntó la mujer con desprecio y su hija se encogió de hombros, los rumores eran muchos, pero ninguno fiable-. Querido, ¿qué te ocurre? Te has quedado apagado. ¿Es por recordar a ese monstruo que…?
-Ese monstruo –interrumpió él para que no mencionara lo de su ojo-, el Emperador difundió un comunicado advirtiendo de que en realidad era un elfo que había quedado atrapado en este lado, ¿lo recordáis?
-¡Es cierto! –exclamó su mujer al caer en la cuenta de la relación.
-Aunque fuera un elfo, estaba claro que la selva lo quería –apuntó su hija.
-Es un elfo de los bosques –le recordó su madre con desdén, como si aquello lo explicara todo.
Yarel recordaba cómo había acabado bocabajo, no había podido verlo bien, así que no tenía ni una pista sobre la raza a la que pertenecía el Bhorram. Y, ahora que lo pensaba, le había hablado en krotsiano con un acento extraño. Había sumido que era el acento de una criatura misteriosa, pero… ¿cuál sería el acento de un elfo de Doran?
La tertulia terminó sin que se sacara el tema de que había recibido una invitación del Emperador para ser Guardián de Arcania.


Al día siguiente, Yarel se levantó decidido. Quería marcharse de allí y quería hacerlo ya. Si no tenía la aprobación de sus padres, daba igual, ya era mayorcito y era el Emperador quien lo llamaba. ¿No? ¿Era aquello suficiente? El mayor problema de todos era que necesitaba la carta como salvoconducto; se había quedado con la moneda, pero la carta la tenía su padre. O al menos eso asumía, porque podría haberla quemado. O troceado, ya que su familia le tenía aversión al fuego.
Yarel se deslizó hasta el despacho de su padre y llamó a la puerta para comprobar si había alguien dentro. Sabía que su progenitor estaba abajo desayunando, pero toda precaución era poca. Entró, cerró la puerta con suavidad y empezó a buscar la carta. Sobre el escritorio no estaba, así que tocaba abrir cajones. Mientras lo hacía, rezaba para que su padre no la hubiera roto o la llevara encima. Por suerte, la encontró en el tercer cajón y pudo salir del despacho sin ser descubierto.
El siguiente paso fue sustraer comida de la alacena y coger la capa de viaje del ropero. Eso, sus escasos ahorros y otro par de pantalones y camisa fue lo único que cogió para salir de casa. Ensilló su caballo, el más enclenque de todos, y metió su equipaje en las alforjas.
A toda prisa y sin mirar atrás, se internó en la selva en dirección a Krots, azuzando a su montura para que pusiera distancia entre él y las garras de su familia.


-¿Estás segura de que es lo mejor? –preguntó Balk mientras miraban por la ventana.
-Ya lo conoces, siempre está con ese aire atontado cerca de la selva –contestó su mujer.
-¿Temes que acabe escuchando voces?
-No seas idiota. En esa selva se oculta Jacit –pronunció con desprecio-. Y no, no temo que un día salga de la maleza para avanzarse sobre Yarel –añadió adelantándose a lo que su marido pudiera decir.
-¿Entonces?
-Tu hijo es tan estúpido que sólo los dioses saben qué ideas podría meterle Jacit en la cabeza, y qué información sonsacarle.
-¿No habíamos quedado en que tu hijo no sabe nada?
-No subestimes a Jacit.
Balk le dedicó una mirada dura, harto de que llamar por su nombre de pila a Rartopek.
-Así que lo enviamos a ese nido de locos que es Arcania –suspiró él-. Sigo sin comprender por qué el Emperador accedió a rebajarse así, como si necesitáramos ayuda para deshacernos de esos apestosos.
Su mujer asintió conforme.
-¿Pero por qué no le has dicho que le dábamos permiso para irse? –planteó ella cuando Yarel ya hubo desaparecido en la selva.
-Iba a hacerlo mañana, estaba esperando a ver si hacía algo –contestó apartando la mirada del muro verde que los rodeaba. Lo ponía nervioso observar la selva, porque acababa sintiéndose observado por ella, en su conjunto-. No me esperaba que se atreviera a marcharse sin más.
-Pero no ha dado la cara –reprochó ella saliendo del despacho-. El muy cobarde…


A Yarel se le hizo de noche por el camino. Por suerte, para cuando las tinieblas lo rodearon, ya podía atisbar las luces de Krots entre la espesura, por lo que se atrevió a seguir prácticamente a tientas.
En la ciudad había varias posadas y él solía hospedarse en una, pero decidió cambiar para alojarse en la misma que Lynnae había mencionado. Suponía que, si había un lugar donde corrieran más rumores sobre ella, tenía que ser allí.
Mientras cenaba solo en un rincón, escuchó a una bruja suspirar por distintas partes del cuerpo de un elfo. Cuando logró asimilar aquello, cayó en la cuenta de que podía ser el mismo que se decía que había llegado a Krots a través de un portal. Para internarse en la selva… Estuvo tentado de preguntar, pero no quería llamar la atención.
Estaba terminando ya cuando la posadera le preguntó si quería algo más, y entonces lo miró con curiosidad.
-¿No serás…? Perdona, ¿eres el pequeño de los Tarim?
-Eh… Sí –terminó por reconocer tras unos instantes de duda. Su familia no caía bien a todos y no sabía si esperarse algún tipo de represalia-. ¿Por?
La mujer se sentó junto a él para inclinarse con aire confidente.
-Una chiquilla, una guardiana de Arcania, de ojos azules, pelo negro, no muy alta…
-¿Sí?
-¿Pasó por vuestra casa?
-¿Hamaldottir?
-¡La misma! ¿Subió allí?
-Pues… sí.
-¿Y sabes si se encontró con el Bhorram, o Rartopek?
-¿Eh?
-Porque aquí dijo que no se había encontrado con nadie, pero que le había parecido que alguien la observaba desde la espesura, tal vez el Bhorram –cuchicheó conspiradora.
-Ah…
Lo primero que pensó fue que era un alivio saber que Lynnae no lo había mentido al decir que no conocía a la Criatura de la selva.
-Pero con esa chiquilla no sé que esperarme. Habla mucho, pero luego me quedo con la sensación de que no ha dicho mucho.
-Ya…
-¿Te pasa lo mismo?
-Un poco.
-Bueno, no te preocupes, la chica es así –le dio unas palmaditas en el hombro al tiempo que se ponía en pie-. ¿Quieres algo más? ¿Una copita de licor?
-N-No, gracias. Me voy ya a dormir.
-¿Ya? –se escandalizó la posadera.
-Estoy cansado… por el viaje.
-A los jóvenes de hoy en día no sé lo que os pasa –refunfuñó ella alejándose-. En fin, que descanses.


-¡No está! –farfulló Balk entrando en el estudio de su mujer.
-Querido, haz el favor de no perder los papeles. ¿Qué no encuentras? –preguntó ella, fría como el hielo que conjuraba, mientras embotellaba las peligrosas pociones para prepararse para la inminente batalla.
-La muñequera, no está.
-¿La…? ¿Cómo que la muñequera no está? –exclamó yendo a mirar a una de aquellas estancias de las que no conseguían arrancar todas las cosas. Pero una de aquellas cosas había decidido largarse por su cuenta-. ¡Si ninguno de nosotros puede tocarlo! ¿Crees que…? ¿Crees que habrá podido entrar? –preguntó con una mezcla de temor y furia asesina.
-No han saltado los hechizos de alarma, y ninguno ha sido manipulado.
-¿Entonces? ¡Ese chisme no ha podido irse solo!
Ahora que Balk empezaba a recuperar la compostura cayó en la cuenta de que había otra opción.
-Uno de nosotros sí que puede tocarlo –rumió.
Su mujer se volvió hacia él, ahora con una mezcla de espanto y furia más templada.
-Yarel.


Se había despertado en plena noche y le estaba costando volver a conciliar el sueño. No sabía si era por encontrarse en una cama que no era la suya, por la idea de ir a Arcania después de haber huido de casa, o por los susurros que a veces creía escuchar. Al principio se había dicho que serían los clientes en la taberna, pero poco después aceptó que el ritmo y la cadencia de los susurros indicaban que era alguien que hablaba solo y que se dirigía a otra persona con intención de llamar su atención. Imaginó a un chalado hablando solo en la habitación de al lado, porque la idea de que la voz surgiera de un rincón de su cuarto lo aterraba. Se había alejado de la parte más cerrada de la selva, se suponía que allí no deberían de pasar cosas raras. ¿No?
Se tapó los oídos con las manos y rogó por dormirse, pero terminó desesperándose tanto que encendió la luz y se incorporó. No había nadie acurrucado en el rincón, tal solo estaba su equipaje. Su equipaje… ¿Y si su hermana había descubierto sus intenciones y le había colado algo entre la ropa?
Refunfuñando, se bajó de la cama y se acercó al improvisado hatillo. Con un bostezo, lo abrió y buscó en su interior esperando encontrar una de las perrerías de su hermana, pero en su lugar dio con una muñequera de cuero y metal. Frunció el ceño, no comprendía qué era aquello y él no recordaba… Hasta que recordó.
La mansión que habían ocupado los Tarim tenía un puñado de objetos firmemente decididos a quedarse, como el cuadro del estudio, la mesa del comedor o el árbol del jardín. O aquella muñequera. Yarel era muy pequeño cuando su hermana lo había llevado a una de las estancias del sótano para retarlo a coger aquel objeto, que en aquel entonces le quedaba mucho más grande. Él lo había hecho y la cara de sádico regocijo de su hermana se deshizo en desilusión y extrañeza al no ocurrir lo que ella había esperado. Yarel se había sentido bastante bien, lo que indicaba que los planes de ella habían fracasado estrepitosamente. Después llegaron sus padres, le arrancaron la muñequera por la fuerza cuando él comenzaba a escuchar una voz agradable y lo castigaron encerrado en su habitación. No fue hasta un tiempo después cuando se enteró de que aquel objeto provocaba graves quemaduras a toda su familia. Menos a él.
Y ahora lo tenía allí, en sus manos, tentándolo a ponérselo. Estaba claro que no estaban sus padres para arrancárselo y eso, en cierto modo, lo preocupaba. ¿Y si era uno de aquellos objetos malditos que absorbían la vida? Trató de dejarlo en la mesilla, pero el metal se pegaba a su piel buscando la forma de colocarse en su sitio. Comenzando a ponerse histérico, Yarel luchó por congelarlo y romperlo contra el suelo, pero acabó con las manos atadas. Entonces, deslizándose como una hábil serpiente, la muñequera se enroscó en torno a su antebrazo derecho y se cerró con un chasquido.
Al momento se sintió bien, en paz, tal y como recordaba. Incluso le regresó el agradable sueño, con la promesa de que ahora sí que podría dormir. Acabó sentado en la cama sin saber muy bien cómo. Intentó incorporarse, aquello tenía toda la pinta de ir a chuparle toda la vida, aunque de una forma muy placentera. No fue capaz y cayó profundamente dormido.


-Hay que ir a buscarle –exigió la mujer-. ¿Por qué ese idiota ha tenido que coger una de las cosas de Rartopek? –se lamentó como si el mundo se le cayera encima.
-¿Y si el plan es ése, hacernos salir de aquí? –planteó Balk con seriedad.
-Puedo ir yo –se ofreció su hija-. Si me hacéis un portal, encontraré enseguida a ese idiota.
Los adultos cruzaron las miradas para considerarlo.
-De acuerdo –accedió la bruja preparando un portal para su primogénita-. Arráncale ese chisme, métele un par de guantazos y tráelo de vuelta a casa, está claro que no se le puede dejar solo.
La joven asintió y cruzó el portal que la llevó directamente al centro de Krots. Echó un vistazo a la plaza a la que había ido a parar, se orientó y se encaminó hacia la posada en la que Yarel solía hospedarse.


-Vamos, arriba, dormilón.
Yarel gruñó y se acurrucó para seguir durmiendo, estaba muy cansado.
-No es momento de remolonear, tu hermana te busca.
Aquello fue lo suficientemente espantoso como para hacerlo abrir los ojos. Y entonces se preguntó quién le hablaba. Con la fría luz del alba percibió una presencia, por lo que se incorporó con brusquedad.
-Tranquilo chico, no es de mí de quien tienes que protegerte.
-¿Quién eres? –farfulló y se encendieron las luces de la habitación.
-Lode Elzevir –se presentó con una teatral reverencia que se le hizo familiar.
El intruso era un hombre de unos treinta años y joviales ojos verdes que contrastaban de forma curiosa con el pelo encanecido que le llegaba por los hombros. Le sonaba el apellido… Pero relacionado con aquel nombre…
-Sí, soy ese Lode Elzevir –contestó él con una amplia sonrisa.
-¿No estabas muerto? –preguntó sin pensar.
-Mmmh, tal vez –consideró y lo agarró del brazo para obligarlo a ponerse en pie.
-¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? –balbuceó aturdido.
-Quiero ver cómo está Arcania en esta época del año. Y tú también, así que ya estás aligerando.
A Yarel no se le daba bien estar al día en los cotilleos actuales, pero en cambio, todos aquellos que estuvieran recopilados como Historia en los libros se los conocía al píe de la letra. Y según esos conocimientos, Lode Elzevir era el abuelo de Coraline, que se había casado con Jacit Rartopek.
-Vaya, estás puesto en líos familiares –lo felicitó el intruso sacándolo con amables empujones de la habitación.
-¿C-Cómo sabes lo que…?
-¿Tú qué crees? –contestó el hombre señalando la muñequera que llevaba.
Yarel cayó en la cuenta de que se la había puesto y se espantó ante la idea de que fuera un controlador mental.
-No. No, chico –se carcajeó Elzevir con estruendo, sin importar despertar a nadie-. No es que con eso te lea la mente, es que vivo ahí.
-¿A-Aquí? ¿Entonces eres un fantasma ligado a esta muñequera?
-Mmmh, algo así. Y te advierto de que eres el único que me ve, así que no me hables en alto si no quieres que piensen que has estado demasiado tiempo en la selva.
Yarel llegó a la zona de la taberna, que ahora estaba desierta. Una adormilada posadera se asomó para ver quién estaba levantado a aquellas horas.
-¿Se puede saber qué os pasa a los jóvenes de hoy en día? ¿Te vas ya?
-Eh…
-Tu hermana te está buscando y, cuando te encuentre, te encerrarán bajo llave para siempre –le advirtió Elzevir.
Con un escalofrío de terror, el joven asintió. Sí, se marchaba ya.
-¿Tan pronto? ¿A dónde vas, a Palanthos?
-Tal vez, cóbreme ya, por favor –pidió azuzado por Elzevir, que evidentemente no era visto por la posadera.
Yarel acabó en el establo, ensillando su caballo a todo correr, para montarse en él y salir de Krots al galope.
-Será mejor que sigas así una hora al menos –le recomendó al voz de Elzevir.
-¿Dónde estás?
-En tu cabeza, bobo. Ya te he dicho que vivo en la muñequera.
-V-Vale… -aceptó algo aterrado.


La joven bostezó con fastidio al salir de la séptima posada en la que no había tenido éxito. El pequeño cabroncete se lo estaba poniendo difícil, cualquiera diría que en realidad no había alcanzado Krots. Cuando lo encontrara, no se iba a contener en un par de guantazos, le iba a dejar la cara entera morada.
Entró en la octava posada, en la que encontró a una adormilada mujer, lo que era normal a aquellas horas en las que la mayoría de brujos dormían.
-¿Has visto a mi hermano? –le soltó a bocajarro.
La posadera parpadeó y fijó la vista en ella hasta reconocerla.
-Acaba de marcharse –contestó con un bostezo.
-¡¿Cómo?! ¿Tan pronto?
-Eso he dicho yo –contestó la mujer encogiéndose de hombros-. Parecía que huía de algo. O alguien –añadió con tono suspicaz.
La hermana de Yarel resopló y se volvió sobre sus talones con rabia. Ahora tenía que alquilar un maldito caballo para perseguir a aquel idiota.
-Creo que iba a Palanthos –informó la adormilada posadera.
-Lo dudo –respondió de mala gana antes de salir dando un portazo-. Voy a romperle todos los huesos –le prometió al amanecer encaminándose a buen paso hacia las afueras.


-¿Qué es lo que pretendes? –interrogó Yarel con la boca llena, no tenía tiempo para hablar y comer por separado.
-Ya te lo he dicho: ir a Arcania. Me he aburrido de estar en ese cajón. Al igual que tú –le contestó Lode, que no necesitaba alimentarse, al menos no de comida sólida.
-¿Por qué yo? ¿Por qué quemas al resto de mi familia y a mí no? –preguntó con temor.
-Oh, tranquilo, te aseguro que eres un Tarim. Al menos de sangre. Tu mente es distinta y por eso me caes bien –aseguró con una amplia sonrisa.
-Ya… ¿Y cómo has ido a parar a mi equipaje?
-Tú me cogiste, mientras dormías. Pude sentir tus ansias de escapar, así que te llamé. ¿Por qué crees que te levantaste con semejante decisión?
Yarel se removió incómodo, la idea de que una muñequera maldita lo mangoneara no le hacía mucha gracia.
-Vamos, alegra esa cara. Vas a volver a ver a esa chica de ojos azules, ¿no?
-Sí… -contestó suspicaz.
-Sí, yo también quiero saber si es mi bisnieta Arin.
-¿No lo sabes? –cuestionó enarcando las cejas.
-Hasta que vosotros les quitasteis la casa, Coraline venía a contarme cosas a menudo. Conozco a una chiquilla de unos cinco años, pero de esa tal Lynnae sólo tengo tus recuerdos. Me gustaría verla en persona.
-Esto es de locos –murmuró Yarel poniéndose en pie para continuar con la marcha.
-Ése es el lema de la familia –informó Lode encantado.
El chico suspiró y se subió en el caballo, no quería que su hermana lo pillara a medio camino, porque la paliza que recibiría sería antológica.
-Por cierto… -dijo cuando ya iba al galope- ¿cómo sabes que ella me persigue?
-No lo sé –contestó la voz de su cabeza-. Pero lo supongo a partir de la información que he sacado de ti. No habrán tardado en darse cuenta de mi ausencia y, como las alarmas no han saltado, habrán llegado a la conclusión de que has sido tú quien me ha cogido. Eso los pondrá muy nerviosos, y no precisamente por tu salud.
-Ya…
-Como ahora están paranoicos con que mi yerno, ¿puedo llamarlo así si está casado con mi nieta? Bueno, que como temen que él ataque, ninguno de tus padres querrá salir de la parcela, por lo que sólo queda la opción de que tu hermana venga en tu busca.
-Muy lógico…
-Y, aunque hayan podido abrirle un portal hasta Krots, a partir de ahora tendrá que perseguirte a caballo. Así que tienes posibilidades de llegar a Arcania antes de que ella te alcance. ¡Galopa, galopa por tu vida!


Estaba tan cabreada que casi había congelado un par de veces el caballo sobre el que cabalgaba en pos de su hermano. Allá donde paraba y preguntaba siempre le decían que Yarel había pasado hacía más de una hora. No fue hasta el mediodía cuando empezaron a responderle que había pasado hacía menos de una hora.
Estaba que trinaba. Aquel canijo jamás le había dado esquinazo, JAMÁS. Pero, claro, ahora seguramente estaba poseído por un cacharro de los Rartopek. Gruñó furiosa, no había dormido ni comido por culpa de Yarel, de modo que lo más probable era que lo matara nada más encontrarlo.
Azuzó a su agotado caballo, centrada en la venganza.


A media tarde, Yarel y su montura, exhaustos los dos, llegaron a la frontera. Los guardias lo miraron entre sorprendidos y divertidos.
-Tú eres nuevo, ¿verdad? –le preguntaron.
Jadeante, el chaval asintió y echó un vistazo hacia atrás.
-¿Qué pasa, te persiguen?
-Di que quieres llegar antes de que se haga de noche –sugirió Elzevir.
-Me gustaría llegar… antes de que… se haga de noche –jadeó Yarel, a coro con su caballo.
-Pues si sigues así, tal vez llegues a tiempo para la cena –le contestaron dejándolo pasar.
-Gracias –farfulló haciendo que su montura avanzara al trote, ya no se sentía capaz de exigirle más, no fuera a explotar.


Llegó al galope y frenó por poco frente a los guardias fronterizos. Su caballo hizo amago de irse a derrumbar allí mismo.
-¿Tú también quieres llegar antes de la cena? –le preguntaron con cierta socarronería.
-¿Ha pasado por aquí… un chaval de pelo cobrizo…?
-¿Ah, eres tú la que lo persigue entonces?
-Soy su hermana. Se ha olvidado una cosa en casa.
-Ah, y vienes a traérselo. Qué maja.
-Pues corre, que no lo pillas. Ha pasado hace una media hora.
Ella farfulló una serie de improperios y obligó al caballo a recuperar el galope.


Caía la noche y Yarel todavía no había no había encontrado el portal que le daría acceso a Arcania. Iba ya al paso, con breves momentos de trote, para que el caballo no lo dejara allí tirado. El chaval echó un vistazo a su alrededor, Lode llevaba un rato sin hablarle. La vegetación se le hacía extraña, no era tan cerrada y agobiante como en la selva, de hecho, el ambiente estaba mucho menos cargado. Y entonces, como el aullido de un peligroso ser de la noche, se escuchó un grito.
-¡YAREEEEEEELL!
Él se quedó helado al reconocer a su hermana. Bajó la vista, y allí, en la falda de montaña que estaba subiendo suavemente, estaba ella. Lo único que lo mantenía a salvo de ella era un desnivel de tres metros de piedras angulosas, pero ella era capaz de hacer subir al caballo.
-Hala, nos ha encontrado –comentó Elzevir.
-¡BAJA AQUÍ AHORA MISMO! –bramó su hermana amenazando con derrumbar la montaña.
-No vas a bajar, ¿verdad?
Yarel dudaba. Su hermana le daba el suficiente miedo como para no atreverse a llevarle la contraria.
-Si te pilla, no se va a limitar a pegarte collejas. Te va a dar la paliza de tu vida, lo sabes.
-N-No es mi culpa… -balbuceó él.
-¡¡¡YAREL!!! –chilló ella.
-Como si eso le importara. A tu familia no le importas, lo sabes, lo único que quieren es que no puedas ser usado en su contra. Me sorprende que todavía no se hayan decidido a matarte para evitarse problemas.
-Cállate.
-¡NO ME HAGAS SUBIR A POR TI!
No hizo subir al caballo por la rocosa pared vertical, pero sí que comenzó a trepar ella. Yarel se asustó tanto ante aquella visión de furia ciega y homicida que la pronunciada y afilada pendiente se volvió más peligrosa al quedar cubierta de pequeñas agujas de hielo.
-¡¡CÓMO TE ATREVES!! –bramó ella luchando por romperlas y continuar el ascenso.
-Será mejor que corras –recomendó Lode.
Yarel azuzó al caballo y se lanzó a un loco galope en busca del portal. Tras unos minutos en los que el animal comenzó a jadear de nuevo como si fuera a reventar, dio con una cueva, en la que entró sin dudar. Si allí no estaba el mencionado portal, iba a tener un problema grave.
Se bajó del caballo y conjuró una luz para saber dónde pisaba. Caminó hasta toparse con una pared vertical cortándole el paso. “Mierda, ésta va a ser una noche muy larga” se dijo desesperanzado.
-Oye, ¿no te parece que esa pared tiene muchos grabados complejos para ser natural? –planteó Lode.
Yarel acercó la luz a los bajorrelieves. Sí, aquello no era natural, ¿pero qué podía…? Un momento, ¿eran aquellos restos de sangre goteada? Recordó que en la carta le indicaban que necesitaba hacer correr aquella sustancia vital para que el portal reaccionase. Temeroso de que su hermana pudiera encontrarlo allí, no perdió tiempo en cortarse y manchar los grabados con unas gotas escarlatas.
-Vamos, vamos –le rogó al muro labrado. Creía escuchar a alguien merodeando en la boca de la cueva y ya no sabía si era su hermana o paranoia.
-¿No tienes que decir nada? –planteó Lode.
-¿Eh?
-Una palabra clave o algo así.
-Ah, sí. Thanatos.
Un fulgor violáceo cubrió la roca dándole una textura acuosa. Ya no esperó, tiró de las riendas de su caballo y se internó apresurado en el portal. Tras unos minutos de oscuridad y sensación opresiva, acabó viendo luz al final del túnel, literal y metafóricamente. Al salir de la cueva, se encontró en las boscosas afueras de una ciudad junto al mar, a juzgar por el aroma fresco que le llegaba.
Yarel suspiró aliviado, pero no quiso confiarse. Por si su hermana era capaz de encontrar el portal sin indicaciones, continuó adelante, internándose en una calle que parecía llevarlo directo al centro.


-Se le ha escapado por poco –informó ella con tedio después de mucho mirar la bola de cristal.
-¿Ha entrado en Arcania? –interrogó Balk acercándose con brusquedad.
-Ese mequetrefe lo ha conseguido.
-¿Has visto si estaba poseído?
-No he podido, no ha respondido a nuestra niña.
Él soltó un bramido de frustración y su cuerpo comenzó a cambiar.
-En casa no –le advirtió su mujer, cortando la transformación.
-¿Y ahora qué hacemos? –graznó, todavía no del todo humano.
-Rezar para que enfade al Emperador y lo fulmine –gruñó ella.
-¿Eso no nos afectaría a nosotros?
-Fue él quien lo eligió –farfulló marchándose a dormir muy enfadada.


Yarel ya respiraba con más tranquilidad, pero seguía aturdido. Acababa de ver la Plaza del Pacto y los caminos que llevaban a los castillos de los luminosos y los mortales. De hecho, en la plaza se cruzó con unos cuantos, lo que lo impactó porque jamás había visto de cerca seres que no fueran oscuros.
Ahora, tras cruzar un sinuoso barrio, acababa de entregarle la moneda de oro a un siniestro guardián que le recordaba a su padre cuando leía el periódico. Cuando lo dejaron pasar, ante él se extendió un jardín bastante muerto que le resultó antinatural después de vivir desde siempre rodeado de vegetación opresora.
-¿Yarel? –preguntó una voz femenina-. ¡Yarel!
De repente tenía a Lynnae abrazándolo con alegría, él notó una reacción extraña en las entrañas.
-¡Qué bien que hayas venido! –exclamó separándose de él-. ¿Qué tal el viaje?
-Pues…
-¿Sabes?, te veo cansado. Lo mejor será que duermas, comas y te bañes. Mañana te invitaré a una cerveza y me lo cuentas todo, ¿vale? –propuso con una amplia sonrisa.
-V-Vale.
-Pues mañana paso a buscarte y te presento a mis amigas –prometió antes de plantarle un beso en la mejilla-. No te olvides de presentarte ante el Jefe –canturreó antes de alejarse.
Yarel se quedó embobado en mitad del páramo al que allí llamaban jardín, sintiendo que su vida realmente había cambiado, y para mejor.
-Vaya, cómo ha crecido mi bisnieta –oyó comentar a Lode.
Yarel perdió la sonrisa.
-¿Cómo dices? –musitó procurando que nadie lo viera hablar solo.
-Arin, la hija de mi nieta Coraline. Está preciosa –dijo aquella especie de fantasma con una amplia sonrisa.
-Sabía que era ella –gruñó siguiendo adelante, en dirección al castillo y la cena.
-La cuestión es… ¿lo sabe ella?
-Ah… pues… -murmuró y se le pasó la irritación.
Lo dicho, con un personaje no tenía suficiente, así que he creado otro personaje totalmente opuesto. Chico, inseguro y más cosas que no voy a decir porque son spoiler (tanto que no lo tengo seguro ni yo). Al menos los dos son brujos, así que no tengo que aprenderme nuevos poderes XDD ¡Voy a hacerme un ejército de brujos, muajajaja! :evillaugh:

Relato para El Pacto de Arcania, actividad de :iconcuentos-por-colores:
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:iconzalagath:
Zalagath Featured By Owner Apr 5, 2014  Professional Digital Artist
Vyr: Bien! Ya ha llegado!! :D

Me sacan de quicio sus padres y hermana u 3 u , quiero pegarles XD
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:iconcirkadia:
Cirkadia Featured By Owner Apr 5, 2014  Hobbyist Writer
L: tengo que presentároslo :3


Yupii, se me da bien crear personajes odiables ^^
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:iconkastarnia:
Kastarnia Featured By Owner Apr 5, 2014  Hobbyist General Artist
Pobre Yarel, ya verás que hasta se pondrá rosadito de las mejillas en Arcania (?) xDD

Lo trataremos bien, sí, sí.

Te dejo tu puntito de experiencia y voy a agregarlo al foro :3
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:iconcirkadia:
Cirkadia Featured By Owner Apr 5, 2014  Hobbyist Writer
¿Rosadito de vergüenza, sol o alcohol? XD

Lo trataremos bien, sí, sí. Lo enviaremos a la muerte, también, también XD

Bieeen, ya tiene un puntitoooo. Ahora tendré que hacerle una cuenta e__e
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:iconkastarnia:
Kastarnia Featured By Owner Apr 5, 2014  Hobbyist General Artist
Rosadito saludable. xD

¿Ves? Se lo pasará bonito. xD
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